domingo, 2 de diciembre de 2018

17º CATEQUESIS SOBRE LOS MANDAMIENTOS


El Papa ha concluido hoy el ciclo de catequesis sobre los Diez Mandamientos, hablando del tema  La ley nueva en Cristo y los deseos según el Espíritu 
(Pasaje bíblica: de la Carta a los Gálatas de San Pablo Apóstol, 5, 16-18, 22-23).
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la catequesis de hoy, que concluye el itinerario de los Diez Mandamientos, podemos usar como tema clave el de los deseos, que nos permite volver a recorrer el camino hecho y resumir las etapas cumplidas leyendo el texto del Decálogo, siempre a la luz de la plena revelación en Cristo.
Habíamos empezado con la gratitud como la base de la relación de confianza y obediencia: Dios, como hemos visto, no pide nada antes de haber dado mucho más. Nos invita a la obediencia para rescatarnos del engaño de las idolatrías que tienen tanto poder sobre nosotros. En efecto, intentar realizarse a través de los ídolos de este mundo nos vacía y nos esclaviza, mientras que lo que nos da estatura y consistencia es la relación con Aquel que, en Cristo, nos hace hijos a partir  de su paternidad (cf. Ef. 3,14). 16).
Esto implica un proceso de bendición y de liberación, que es el descanso verdadero, auténtico. Como dice el salmo: “En Dios solo el descanso de mi alma; de él viene mi salvación” (Sa62, 2).
Esta vida liberada se convierte en aceptación de nuestra historia personal y nos reconcilia con lo que, desde la infancia hasta el presente, hemos vivido, haciéndonos adultos y capaces de dar el justo peso a las realidades y las personas de nuestras vidas. Por este camino entramos en la relación con el prójimo que, a partir del amor que Dios muestra en Jesucristo, es una llamada a la belleza de la fidelidad, la generosidad y la autenticidad.
Pero para vivir así – o sea, en la belleza de la fidelidad, de la generosidad y de la autenticidad-necesitamos un corazón nuevo, habitado por el Espíritu Santo (cf. Ez 11,19; 36,26). Yo me pregunto: ¿cómo se produce este “trasplante” de corazón, del corazón viejo al corazón nuevo? A través del don de los nuevos deseos (cf. Rom 8: 6), que se siembran en nosotros por la gracia de Dios, especialmente a través de los Diez Mandamientos que Jesús llevó a su cumplimento, como enseña en el “sermón de la montaña” (cf., 17-48). De hecho, al contemplar la vida descrita en el Decálogo, o sea una existencia agradecida, libre, bendecidora, adulta, defensora y amante de la vida, fiel, generosa y sincera, nos encontramos ante Cristo, casi sin darnos cuenta de ello. El Decálogo es su “radiografía”, lo describe como un negativo fotográfico que deja que su rostro aparezca, como en la Sábana Santa. Y así, el Espíritu Santo fecunda nuestro corazón poniendo en él los deseos que son un don suyo, los deseos del Espíritu. Desear según el Espíritu, desear al ritmo del Espíritu, desear con la música del Espíritu.
Mirando a Cristo vemos la belleza, el bien, la verdad. Y el Espíritu genera una vida que, secundando estos deseos, activa en nosotros la esperanza, la fe y el amor.
Así descubrimos mejor lo que significa que el Señor Jesús no vino a abolir la ley sino a cumplirla, a hacer que creciera y mientras la ley según la carne era una serie de prescripciones y prohibiciones, según el Espíritu esta misma ley se convierte en vida (cf. Jn.. 6, 63, Ef. 2:15), porque ya no es una norma, sino la carne misma de Cristo, que nos ama, nos busca, nos perdona, nos consuela y en su Cuerpo recompone la comunión con el Padre, perdida por la desobediencia del pecado. Y así la negatividad literaria, la negatividad en la expresión de los mandamientos- “no robarás”, “no insultarás”, “no matarás” –ese “no” se transforma en una actitud positiva: amar, dejar sitio a los otros en mi corazón-, todos deseos que siembran positividad. Y esta es la plenitud de la ley que Jesús vino a traernos.
En Cristo, y solo en él, el Decálogo deja de ser una condena (cf. Rom 8, 1) y se convierte en la auténtica verdad de la vida humana, es decir, el deseo de amor -aquí nace un deseo de bien, de hacer el bien- deseo de gozo, deseo de paz, de magnanimidad, de benevolencia, de bondad, de fidelidad, de mansedumbre, dominio de sí mismo. De esos “noes” se pasa a este “sí”: la actitud positiva de un corazón que se abre con la fuerza del Espíritu Santo.
He aquí para lo que sirve buscar a Cristo en el Decálogo: para fecundar nuestro corazón para que esté henchido de amor y se abra a la obra de Dios. Cuando el hombre secunda el deseo de vivir según Cristo, está abriendo la puerta a la salvación que no puede sino llegar, porque Dios Padre es generoso y, como dice el Catecismo, “tiene sed de que tengamos sed de él” (No. 2560).
Si son los malos deseos los que arruinan al hombre (cf. Mt 15, 18-20), el Espíritu deposita en nuestros corazones sus santos deseos, que son la semilla de una nueva vida (cf. 1 Jn 3,9). De hecho, la nueva vida no es el esfuerzo titánico de ser coherente con una norma, sino que la vida nueva es  el mismo Espíritu de Dios que comienza a guiarnos hacia sus frutos, en una feliz sinergia entre nuestra alegría de ser amados y su alegría de amarnos. Se encuentran las dos alegrías: la alegría de Dios por amarnos y nuestra alegría de ser amados.
Esto es  lo que significa el Decálogo para nosotros, los cristianos: contemplar a Cristo para abrirnos a recibir su corazón, para recibir sus deseos, para recibir su Santo Espíritu.
NOVIEMBRE 28, 2018 14:28

jueves, 1 de noviembre de 2018

JORNADA DEL ENFERMO




El día 17 celebraremos el “DIA DEL ENFERMO”. Vale la pena dedicarle a este tema algunas líneas para buscar en esta realidad -que quién más quién menos nos toca a todos- un motivo de esperanza y consuelo.
Por lo general, frente al sufrimiento y enfermedad, somos esclavos de muchos prejuicios. Tenemos una visión, sobre todo asistencial y piadosa, del “pobre enfermo llevado sobre las espaldas del buen Samaritano”.
Pero no es así. El enfermo puede ser un apóstol fecundo, generador de redención, mensajero de salvación para los hermanos. De esta manera, al enfermo se lo rehabilita como “ser humano, como ciudadano, como cristiano”, como el fundador de un centro de voluntarios del sufrimiento. Al respecto, Mons. Luís Novarese, decía: “…El enfermo es hijo de Dios, heredero del cielo, levadura de gracia para el mundo, potencial ‘atómico’ para la causa de la Iglesia. Cada enfermo tiene una misión en la Iglesia: de receptor pasivo se convierte en sujeto eclesial y operador activo, distribuidor de gracia, signo transparente y convincente de los valores eternos, epicentro pastoral de cada Iglesia particular…”.
Sería bueno que comprendiésemos que el sufrimiento no es algo horrendo y terrible si se orienta hacia un fin más elevado, si se acepta como instrumento para el bien propio y de los demás. Que no se piense que con la enfermedad todo está perdido; que no sea una vida perdida, porque gracias a la fe y la oración, podemos ser testigos del amor hacia la vida, descubridores de las bellezas que el mundo ofrece, apóstoles de las bienaventuranzas que nos permitirán, algún día, conquistar un pequeño ángulo en el cielo.
Ciertamente, esta es una visión que parte de la fe cristiana, a la que seguramente no estamos muy acostumbrados. Renovarnos es mirar la realidad desde otro ángulo y debemos mirar el dolor y la enfermedad desde la posibilidad que Dios nos da también en esta realidad, que es parte de la vida humana y de la que el mismo Jesús estuvo pendiente.

La enfermedad es la consecuencia que nos dejó el pecado original y la debemos asumir. Dios Padre ni siquiera eximió a su Hijo del sufrimiento; Cristo lo asumió para poder obtenernos el perdón de los pecados. El nos puede ayudar a sobrellevar nuestros dolores y enfermedades y, de hecho, lo hace. Sí, Jesús lo quiere hacer con este sacramento (signo de su presencia eficaz en esta situación especial) llamado “Unción de los Enfermos”. En este signo se da esta posibilidad: Jesús viene en nuestra ayuda para alentarnos, sostenernos, perdonarnos, salvarnos; nosotros nos unimos El, a sus sufrimientos, para obtener el perdón y hacer que nuestro sufrimiento unido al de Jesús sirva para el bien de nuestros hermanos. De aquí las actitudes para “recibir” este Sacramento: Hay que querer unirse a Cristo sufriente; hay que estar arrepentido de los propios pecados, pedir para el perdón de nuestros hermanos y esforzarse por cumplir el proyecto de Dios.
Con relación a la Unción de los Enfermos, nos dice la Palabra de Dios: “si está enfermo alguno de ustedes, llamen a los sacerdotes de la Iglesia para que recen sobre él y lo unjan con óleo; la oración de la fe salvará al enfermo, los pecados que hubiere cometidos le serán perdonados y encontrará alivio y salvación” (Santiago 5, 14-15).

En la celebración del día 17, este Sacramento lo pueden recibir los enfermos de una cierta gravedad, los enfermos crónicos y los mayores de 70 años. En esta Misa, especialmente dedicada a los hermanos enfermos y ancianos, rezaremos por los presentes y por los que no pueden acercarse ya que todos, por la comunión de los santos, estaremos unidos.
       Luego de la Misa compartiremos un te-merienda por lo que se ruega traer algo dulce para compartir.

IMPORTANTE: Los Sacramentos no son algo mágico. Como todas las cosas de Dios exigen también nuestro compromiso y nuestra fidelidad. Además, recordemos que todo Sacramento es un signo confiado para su administración a la Iglesia y para ser ayuda en la vida de la Iglesia. No tiene sentido como hecho aislado.

LA FIESTA DE LOS SANTOS Y RECORDAR A NUESTROS DIFUNTOS NOS HACE CRECER Y CREER EN LA RESURRECCIÓN


Hermanos:
Quisiera detenerme ahora en una fecha importante de este mes: el 2 de noviembre, Conmemoración de los difuntos.
Este último tiempo, durante mi estadía en Gavardo, mi pueblito, pude ver cómo se rinde allí el culto a los muertos: son tres días de duelo, vigilia fúnebre, funeral (misa de exequias), visitas al cementerio, el cuidado del mismo. Paralelamente, la propia palabra “conmemoración” nos dice mucho: hacer memoria, hacer presente a todos aquellos que nos han precedido en este mundo terreno. En ambos casos, este es el pensamiento de la Iglesia ya que “hacer memoria” es muy importante y está relacionado con la Fiesta del 1º día del mes, Día de todos los Santos.
Pero, ¿por qué? Veamos un ejemplo de la naturaleza: la planta. En una planta hay elementos que se ven y otros que no se ven. Los que se ven se pueden tocar, oler, manipular, los tenemos a la vista. No obstante, también hay otro elemento, que no se ve y sin el cual la planta no existiría ni se desarrollaría: las raíces. Éstas tienen una función muy importante, indispensables para la planta: alimentarla, hacerla vivir y trasmitirle su ADN, ya que todas las plantas no son iguales.
Así es nuestra vida: no podríamos existir sin raíces; no seríamos lo que somos si no estamos unidos a nuestras raíces; no tendríamos nuestro ADN (humano o religioso); no creceríamos según el proyecto de Dios. Las raíces son fundamentales y necesarias para alimentar pero también para crear seguridad en la planta; ellas nos hacen fuertes para que no sucumbamos con las tormentas de la vida; con ellas nos sentimos ancorados en un suelo fuerte.
Por eso es importante “hacer memoria” de nuestras raíces: nuestros difuntos. Ellos están vivos y nos alimentan, fortalecen y se nos ofrecen como modelos. Su función ahora es interceder por nosotros, recordarnos al Padre, y ayudarnos a caminar, creciendo en este mundo transitorio. Así, nos ayudarán a apuntar hacia el cielo pues ésta es la aspiración de toda planta, buscar el sol…
Finalmente, nuestros difuntos nos ayudarán en algo fundamental: a prepararnos, fortaleciéndonos y purificándonos, a convertirnos un día en “raíces” para otros, los de nuestras familias, los de nuestra Comunidad, los de nuestro círculo de relaciones. Por eso, esta Conmemoración no es solo mirar hacia atrás, es también un mirar hacia adelante. Y festejando el 1º a todos los Santos, estamos festejando y gozándonos de todos nuestros difuntos.

lunes, 17 de septiembre de 2018

8º CATEQUESIS SOBRE LOS MANDAMIENTOS



“SANTIFICAR LA FIESTA”
“El día del descanso, profecía de liberación”
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la catequesis de hoy volvemos al tercer mandamiento, el del día del descanso. El Decálogo, promulgado en el libro de Éxodo, se repite en el libro del Deuteronomio de una manera casi idéntica, con la excepción de esta Tercera Palabra, donde aparece una diferencia apreciable: Mientras en el Éxodo el motivo del descanso es la bendición de la creación, en el Deuteronomio en cambio, se conmemora el final de la esclavitud. En este día el esclavo debe descansar como el patrón, para celebrar la memoria de la Pascua de liberación.
De hecho, los esclavos, por definición no pueden descansar. Pero hay muchos tipos de esclavitud, tanto exterior como interior. Hay constricciones exteriores, como la opresión, las vidas secuestradas por la violencia y otros tipos de injusticia. Luego están las prisiones interiores, que son, por ejemplo, los bloqueos psicológicos,  los complejos, los límites del carácter y demás. ¿Hay descanso en estas condiciones? ¿Un hombre encarcelado u oprimido puede permanecer, de todas formas, libre? ¿Y puede una persona atormentada por dificultades interiores ser libre?
Efectivamente, hay personas que, incluso en prisión, viven una gran libertad de ánimo. Pensemos, por ejemplo, en San Maximiliano Kolbe, o en el cardenal Van Thuan, que transformaron oscuras opresiones en lugares de luz. Así como hay personas marcadas por una gran fragilidad interior, que conocen, sin embargo, el descanso de la misericordia y saben transmitirlo. La misericordia de Dios nos libera. Y cuando te encuentras con la misericordia de Dios, tienes una gran libertad interior y también puedes transmitirla. Por eso es tan importante abrirnos a la misericordia de Dios para no ser esclavos de nosotros mismos.
¿Cuál es, pues, la verdadera libertad? ¿Consiste quizás en la libertad de elección? Ciertamente se trata de una parte de la libertad, y nos esforzamos, para que sea garantizada a cada hombre y mujer (Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II. Const. Past. Gaudium et spes, 73.) Pero sabemos que poder  hacer lo que se desea no es suficiente para ser verdaderamente libre, y tampoco feliz. La verdadera libertad es mucho más.
De hecho, hay una esclavitud que encadena más que una prisión, más que una crisis de pánico, más que una imposición de cualquier tipo: es la esclavitud del propio ego. Esa gente  que todo el día se mira al espejo para ver su ego. Y el ego es más alto que su cuerpo. Son esclavos del ego. El ego puede llegar a ser un esbirro que tortura al hombre en cualquier lugar y le causa la opresión más profunda, la que se llama “pecado”, que no es la violación trivial de un código, sino fracaso de la existencia y condición de esclavos. (cf. Jn 8,34). El pecado es, al final, decir y hacer ego. “Yo quiero hacer esto y no me importa si hay un límite, si hay un mandamiento, ni siquiera me importa si hay amor”.
El ego, por ejemplo, pensemos en las pasiones humanas: el goloso, el lujurioso, el avaro, el iracundo, el envidioso, el perezoso, el soberbio – y así sucesivamente- son esclavos de sus vicios, que los tiranizan y atormentan. No hay tregua para el goloso, porque la garganta es la hipocresía del estómago, que está lleno pero nos hace creer que está vacío. El estómago hipócrita nos vuelve golosos. Somos esclavos de un estómago hipócrita. No hay tregua ni para el goloso ni para el lujurioso que deben vivir del placer; la ansiedad de la posesión destruye al avaro, siempre acumulan dinero, perjudicando a los demás; el fuego de la ira y la polilla de la envidia arruinan las relaciones. Los escritores dicen que la envidia hace que el cuerpo y el alma se vuelvan amarillos, como cuando una persona tiene hepatitis: se vuelve amarilla. Los envidiosos tienen el alma amarilla, porque nunca pueden tener la frescura de la salud del alma. La envidia destruye. La pereza que evita cualquier esfuerzo  hace incapaces de vivir; El egocentrismo, -ese ego del que hablaba- soberbio cava una fosa entre uno mismo y los demás.
Queridos hermanos y hermanas, ¿quién es el verdadero esclavo? ¿Quién es él que no conoce descanso? ¡El que no es capaz de amar! Y todos estos vicios, estos pecados, este egoísmo nos alejan del amor y nos hacen incapaces de amar. Somos esclavos de nosotros mismos y no podemos amar, porque el amor es siempre hacia los demás.
El tercer mandamiento, que nos invita a celebrar la liberación en el descanso, para nosotros, los cristianos, es profecía del Señor Jesús, que rompe la esclavitud interior del pecado para hacer que el hombre sea capaz de amar. El amor verdadero es la verdadera libertad: aleja de la posesión, reconstruye las relaciones, sabe acoger y valorar al prójimo, transforma todo esfuerzo en don alegre, hace capaces de comunión. El amor te hace libre incluso en la cárcel, aunque seamos débiles y limitados.
Esta es la libertad que recibimos de nuestro Redentor, el Señor nuestro Jesucristo.
SEPTIEMBRE 12, 2018