miércoles, 29 de agosto de 2018

MARIA NOS CONVOCA EN SU CASA DE LUJAN PARA QUE ABRAMOS NUESTRAS MANOS Y NUESTRO CORAZÓN PARA UNA RELACIÓN FRATERNA CON TODOS

Hermanos:
El Papa Juan Pablo II, nos enseña con mucha razón y certeza: “La identidad cristiana exige el esfuerzo constante por formarse cada vez mejor, pues la ignorancia es el peor enemigo de nuestra fe. ¿Quién puede decir que ama de verdad a Cristo si no pone empeño por conocerlo mejor y conocer sus enseñanzas?”.
La mejor manera de conocerlo es a través del libro que nos habla de Él: El Nuevo Testamento. ¡Es su Palabra! No se trata simplemente de un libro de lectura, es más bien la oportunidad genuina de dejarse inundar por lo que dice. La carta a los Hebreos (4, 12-13) explica: “La Palabra de Dios es rica y eficaz”; es rica, de una riqueza inagotable, ya que hace más de dos mil años que permite seguir descubriendo novedades y porque va dando respuestas a las distintas situaciones. Es eficaz, porque actúa como una semilla cuando cae en tierra fértil, por sí sola al comienzo, y mejor todavía cuando encuentra la preocupación e interés de quien la recibe; el objetivo por la cual se nos dona es  transformarnos”, configurándonos con lo que es la Palabra: Cristo.
En los primeros siglos de la Iglesia, San Jerónimo, el primer traductor de la Biblia nos aclara: “El desconocimiento de la Palabra es el desconocimiento de Cristo” pues la Palabra y Cristo son la misma realidad o persona.
¿A qué viene todo esto?, ¿qué quisiera transmitir en esta carta?: que es imperioso para la vida de la Iglesia que cada uno se preocupe por cultivar la relación con la Palabra porque es la relación con el mismo Cristo. Así lo entendió San Juan cuando nos regaló el Prólogo de su Evangelio: “La Palabra se hizo Carne y habitó entre nosotros” (Juan 1, 14). De la misma manera, la celebración dominical y pascual, propia de los cristianos, tiene dos mesas: la de la Palabra y la de la Eucaristía (Pan y Vino = Cuerpo y Sangre). Siempre van juntas, nunca separadas.
La renovación de nuestra Comunidad Parroquial tiene que tener siempre como cimiento verdadero la Palabra de Dios, escuchada y practicada (Mateo. 7, 24-27).

Que Dios los bendiga.

viernes, 18 de mayo de 2018

La Comunidad se fundamenta en la fe y transmite la fe

Al hablar de Comunidad de fe, estamos incluyendo dos rasgos esenciales: primero que se trata de una “comunidad de fieles”, es decir una comunidad cristiana para lo cual es indispensable la fe en Jesucristo. No hay comunidad si no hay adhesión a Jesucristo. Recordemos que la fe es un don gratuito de Dios que nos llega por medio de la predicación, el anuncio de alguien: “la fe nace de la predicación y la predicación se realiza en virtud de la Palabra de Cristo” (Romanos 10,17)
Segundo,   que la Comunidad tiene como tarea evangelizadora el transmitir y educar la fe de sus miembros, porque ella es el “ámbito ordinario donde se nace y se crece en la fe”: “Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia (el Evangelio) a toda la creación” Mc. 16,15 y directorio general de catequesis, 257.
Podemos entonces decir que la Comunidad la integran los bautizados, que confiesan el mismo Credo y comparten la misma Mesa de la Palabra y del Pan” (Dei Verbum 21).
La fe es entonces el factor constituyente de la Comunidad Parroquial. Conviene dejar muy en claro que ningún otro factor social, psicológico, doctrinal, etc. define la naturaleza de la parroquia. Ésta está integrada por los que tienen fe y, a su vez tiene la misión de transmitir la fe. ¡Tarea importante de evangelización!
Si la fe es clave para vivir el sentido de comunidad y participar en ella, revitalizarla, profundizarla, hacerla operativa en el compromiso es fundamental que ella sea una comunidad cristiana. Sin esa fe la comunidad queda devaluada como comunidad eclesial, prevaleciendo más lo sociológico que lo espiritual.
Es por ello necesario “que todos volvamos a descubrir por la fe, el verdadero rostro de la comunidad cristiana, o sea el “misterio” mismo de la Iglesia presente y operante en ella” (Christifides Laici 26). La fe es la llave que nos introduce en el misterio trinitario de Dios y de su obra salvadora, presente en la Iglesia.
La revitalización de la Comunidad parroquial, conlleva que quienes la integran redescubran la fe, sean conscientes que es la fe de la Iglesia (y no la propia) y vivan en coherencia con ella.
De hecho, lamentablemente, la fe de muchos de los fieles está desvirtuada, poco integrada en comunidad y muy lejos de influir en la vida. Así se expresaba Juan Pablo II: “grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio” (Novo Millenio Ineunte 40). Frente a esta realidad la respuesta pastoral en la comunidad no es otra que poner el acento evangelizador en la educación de la fe de los fieles.
Así también se expresaba Juan Pablo II: “Las identidad cristiana exige el esfuerzo constante por formarse cada vez mejor, pues la ignorancia es el peor enemigo de nuestra fe. ¿Quién puede decir que ama de verdad a Cristo, si no pone empeño por conocerlo mejor?”
Es importante, que ante dicha situación, personalizar la fe en Alguien, que es Jesucristo, y de alguien, que es el “cristiano”. Tomar conciencia del seguimiento a Jesucristo. La Comunidad cristiana es la comunidad de discípulos.
La Comunidad está llamada a anunciar y desarrollar este perfil de cristiano: el seguimiento a Jesús, el ser su discípulo.
“No se comienza, dice el Papa, a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus  Caritas Est,1)
En segundo lugar, la Comunidad es –por naturaleza y misión-  transmisora de la fe, y por lo tanto su naturaleza es evangelizar en orden a despertar la fe y facilitar el crecimiento en ella. La comunidad ha de asumir tanto el primer anuncio –dada la falta de evangelización de sus fieles-, como la actividad catequética. Recordemos lo que el Papa Francisco decía a los del movimiento neocatecumenal en la Plaza S. Pedro: “hay que evangelizar a los bautizados no cristianos…”
El ministerio de la Palabra es una tarea urgente. Nos enseña S. Pablo: “El hecho de predicar no es para mí un motivo de orgullo. No tengo más remedio y, ¡ay de mi si no anuncio el Evangelio!” (1 Cor. 9,16).
También nos dice el Papa: “Alimentados de la Palabra para ser servidores de la Palabra en el compromiso de la evangelización, es indudablemente una prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio” (Novo Millenio Ineunte 40). “Allí donde no se forma a los fieles en un conocimiento de la Biblia según la fe de la Iglesia, en el marco de su Tradición viva, se deja de hecho un vacío pastoral, en el que realidades como las sectas pueden encontrar  terreno donde echar raíces…”. (Directorio General de Catequesis 257). Y de hecho vemos que es así.    
La Comunidad ha de revalorizar la Iniciación cristiana, en su dimensión catequética, y todo proceso catecumenal, de forma que se garantice la educación integral en la fe (Catechesi tradendae 20).
La Comunidad ha de autoevaluarse, con realismo, sobre la valoración pastoral que da a la “educación de la fe”, esto es, qué tiempo, personas y recursos dedica a tal fin. Esta prioridad de la pastoral de la comunidad parroquial exige el “consagrar a la catequesis sus mejores recursos en hombres y energías, sin ahorrar esfuerzos, fatigas y medios materiales…” (Catechesi tradendae 15).


Carta de presentación

Nos estamos preparando para el Jubileo de nuestra Comunidad Parroquial. Es un hito muy importante en el camino de la vida cristiana.
Nuestra Comunidad tuvo su momento de inicio con los Salesianos, esto no lo podemos olvidar. Fue un momento muy importante y que puso las bases para que en el 1969 iniciase su camino diocesano. Hacer memoria es importante para construir el futuro. Nunca olvidar o desmerecer el origen…
Tampoco podemos pretender que “comenzaremos de cero”. Estos últimos 50 años fueron y son importantes para nuestra vida Comunitaria. Tampoco los podemos minimizar u olvidar. Son parte de “nuestra historia”. “Un pueblo sin memoria, no tiene futuro”. Esto lo sabemos… Y lo mismo podríamos  decir de nuestra Comunidad parroquial. Por eso es bueno preguntarnos ¿cómo llegamos hasta aquí? y bucear en el pasado…, conocer nuestra historia.
No hacemos “borrón y cuenta nueva” y comenzamos nosotros. ¡No! Los tiempos han cambiado, nosotros también y entonces tenemos que volver a las fuentes para continuar el camino, hacer una nueva etapa.
Antes que nada, para no equivocarnos y caminar con seguridad tenemos que mirarnos en el Evangelio o Nuevo Testamento. Es el fundamento, la novedad. Jesús es ese Evangelio; y Él es “camino, verdad y vida”.
Luego ver cómo ese Evangelio se encarna en las distintas épocas de nuestra historia con sus aciertos y errores. ¡Somos también humanos! Por eso además del Evangelio, nos tenemos que mirar en las enseñanzas de la Iglesia que como “madre y maestra” nos va guiando. ¡Esa es su responsabilidad!
Es así que en estos meses que vienen, comenzando con éste de abril, donde celebramos la Consagración de nuestro Templo, signo de la “casa familiar” y la Fiesta de nuestro Patrono S. Jorge, les iré presentando algunos aspectos o “el Perfil de una Comunidad Parroquial”. Es para la reflexión personal y familiar por ahora; más adelante lo haremos comunitariamente. Veremos la forma. Pero ahora es bueno concientizarnos sobre estos distintos temas que son los que nos tienen que orientar y unificar.
Quiero hacer una aclaración: son temas que se conocen y los fui adaptando. La diócesis de Hueva en España, los hizo suyos para esta etapa de “La Nueva evangelización”. Por eso los podemos aprovechar… También una parroquia de Lanús los aprovechó para relanzar su Comunidad. Es un elemento importante para no desaprovechar en esta nuestra Preparación.
Es mi deseo que aprovechemos estos temas y todos los que nos sentimos parte de esta familia cristiana pongamos un poco de interés y entusiasmo para hacerlos nuestros en bien de todos.
Por último: yo no tengo los mails de muchos. Por eso les pido si ustedes saben que esto le puede interesar a otras personas de de nuestra Comunidad, se lo trasmitan. Gracias
Recordemos lo que Jesús nos dijo: “Busquen el Reino de Dios y su justicia, y todos lo demás se les dará por añadidura”.
Darío



miércoles, 5 de julio de 2017

DIVISIONES EN LA COMUNIDAD 1 Corintios 1, 10

En la primera carta de Pablo a la Comunidad Cristiana de Corintios, el Apóstol pone en evidencia una de las principales dificultades de la misma: las divisiones causadas por una mirada simplemente humana. Esta realidad que presenta Pablo resulta paradigmática para la comunidad universal: más de dos mil años después el mismo problema persiste y es un mal destructivo en el cristianismo.
Por nuestra parte, reflexionemos sobre qué podemos responder a las siguientes preguntas: ¿por quién soy cristiano?, ¿a quién sigo como cristiano?, ¿quién es el punto de referencia dentro de la Comunidad?, ¿qué mirada tengo hacia los miembros de la Comunidad (desde el presbítero hasta el último de los hermanos en la fe)? Pues a partir de un cuestionamiento personal podemos descubrir que, como dice el apóstol Pablo, tenemos una fe muy humana y poco divina. Advirtiendo todo esto, el apóstol nos interpela desde nuestra fe citando al Profeta Habacuc: “¡el justo vivirá por la fe!” (Romanos 1, 17 y Habacuc 2, 4), y nos exhorta sabiamente con estas palabras: “Hermanos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, yo los exhorto a que se pongan de acuerdo: que no haya divisiones entre ustedes y vivan en perfecta armonía, teniendo la misma manera de pensar y de sentir”. Finalmente, para ejemplificar esta grave situación dentro de la comunidad, el santo indica con nombres propios quiénes resultan objeto de las discordias y divisiones: “Me refiero a que cada uno afirma: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo”. (Recordemos que estamos hablando de la Palabra de Dios).

¿No sucede esto hoy? Actuamos y decidimos a partir de simpatías y antipatías, de capacidades, de juventud, de carismas y nos cuesta ver en el hermano, cualquiera sea, el rostro de Jesús.
Cuando prestamos un servicio: ¿a quién se lo prestamos?; cuando nos comprometemos: ¿con quién lo hacemos?; cuando somos indiferentes: ¿hacia quién lo somos?
Como muchas veces nos lo ha dicho Papa Francisco: “¡La Comunidad no es una ONG, es el Cuerpo de Cristo!”(cfr.: 1Cor. 12,27)
Y es desde esta verdad que tenemos que mirar.


martes, 4 de julio de 2017

Queridas familias:


Entramos en el segundo semestre de este año: ¿tenemos alguna expectativa?... Creo que pocas y que, además, andamos errantes en busca de una salida a la vida.
Estos tiempos difíciles ya estaban anunciados. Todos los cambios producen desconcierto y a la confusión se agrega el hecho de que son vertiginosos. En cuanto “cambios” resulta igual que con la corteza de los arboles, a la que el tiempo va modificando. Lo importante es reconocer que la corteza no es el árbol, sino la parte cambiante de él. El árbol es lo que es y lo que lo hace ser árbol. Así sucede con el hombre y la mujer: existe en lo humano lo accidental (instancias cambiantes) y lo esencial (lo que nos hace hombres y mujeres propiamente dichos). A su vez, lo mismo se da para los que nos decimos cristianos: hay en nosotros una realidad que no cambia, porque, si así fuera, dejaríamos de ser lo que somos o que lo que un día decidimos ser. Lamentablemente, no advertimos la diferencia y entramos en lo que Benedicto XVI, anticipándose, llamaba “el relativismo religioso” o “ateísmo práctico”. Pues, como decía al principio, esto ya estaba anunciado. De hecho, lo que en general se percibe dentro de la sociedad cristiana es que relativizamos todo, de esta manera, no solo cambiamos la corteza sino también lo que somos en esencia, pues hemos perdido el rumbo y el punto de referencia que son los valores del Evangelio, las enseñanzas de la Iglesia y el “camino” cristiano que implica también el caminar como “comunidad”. ¡Así de simple es! Podemos echarles la culpa a “los otros” pero esto no quita la responsabilidad personal de cada uno. Y la responsabilidad eclesial y social que más que unir, disgrega. Ciertamente, a nivel religioso tenemos que rendir cuentas sólo con Dios Padre, pero… ¡cuidemos no ningunear a ese Padre y a las enseñanzas y  al sacrificio de su Hijo!
A lo largo de los siglos de su conformación, la Comunidad cristiana en general supo transformar muchas veces la sociedad civil o, por lo menos, tener líderes que indicaron un camino, como por ejemplo San Francisco, el Papa Francisco hoy y muchos otros más. No obstante, el peligro de “relativizar todo” está siempre latente, como así también la pérdida de coherencia respecto de determinados criterios y valores. Por tanto y en definitiva: tratemos de cambiar la corteza, pero no dejemos de “ser cristianos” en nuestra esencia (como quiere Jesús).
Que Dios bendiga esta nueva etapa que comenzamos.


lunes, 29 de mayo de 2017

COMUNIÓN SACRAMENTAL Y COMUNIÓN ECLESIAL



     Para los cristianos no sólo es importante participar de la Celebración de la Santa Misa (culto), sino que es indispensable y necesario, porque nos identifica como creyentes. Por otra parte, además de participar, es imprescindible recibir en ella la comunión sacramental, acción que implica “sellar” la Alianza entre “justicia y culto”. Pero, para ser sinceros y claros, no todos tienen las disposiciones objetivas para recibir la comunión “sacramental” tal como lo enseña Jesús (“si cuando vas a presentar tu ofrenda te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda, ve a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda”) y la Iglesia, (no obstante, cuando hay dudas consultar con el presbítero cada circunstancia particular). ¿Entonces?, ¿qué?, ¿hay que dejar de participar de la Misa por este obstáculo? Definitivamente: ¡No! ¿Tengo que sentirme menos porque no comulgo?: ¡No!

     La Comunión eclesial es tan importante y quizás más que la sacramental ya que ésta supone aquella para ser verdadera y fructífera. Participar del culto o celebración es de por sí “un encuentro con Dios y los hermanos”. Lo recordábamos en la celebración del Jueves Santo cuando nos referíamos a los misterios que allí se revivían: la Institución de la Eucaristía, la Institución del sacerdocio ministerial y el mandamiento del amor fraterno. Los dos primeros están ordenados a “vivir amándonos los unos a los otros como yo los he amado”.

viernes, 26 de mayo de 2017

EL TIEMPO PASCUAL



Afortunadamente, la Pascua no se reduce a un día o a una semana sino que se prolonga a lo largo de cincuenta días hasta la Fiesta de Pentecostés (Celebración del Espíritu Santo). Esta es la posibilidad que nos ofrece Jesús para hacer que la semillita eche raíces y se fortalezca hasta convertirse en una planta que da frutos, pues, como dice la Palabra de Dios por medio del apóstol Santiago: “la fe sin las obras es una fe muerta”. Por todo esto, el Pueblo cristiano está invitado a “no dormirse en los laureles” (¡ya está!, ¡ya cumplí!: ¡fui a misa en pascua!) sino, muy por el contrario, a tomar conciencia de que la Alianza hay que vivirla.
En esto nunca estamos solos, es una tarea compartida con los que quieren vivir la misma fe en Cristo muerto y resucitado; con aquellos que nos precedieron en la vida de fe, nuestros difuntos; y, también, con los que no hemos conocido personalmente pero sabemos que están en Dios: los Santos, especialmente María, que fue fiel al proyecto de Dios y que siguió a Jesús contra viento y marea.
Este mes tendremos presente a María de una manera especial en cuatro fiestas significativas: la Virgen de Luján (el día 8), Nuestra Señora de Fátima (el día 13), María Auxiliadora (el día 24) y la Visitación de María a su prima Isabel (el día 31). Todas estas fiestas tienen algo en común: María es la servidora del Señor y está a nuestro favor para ayudarnos a vivir con fe, esperanza y Amor la vida cristiana. También nos ayudará San José (celebración, día 1º de mayo).
Según Lucas, los discípulos de Jesús estuvieron reunidos con María durante cincuenta días, meditando, rezando, compartiendo todo lo que habían vivido, especialmente los últimos días de Jesús hasta que les fue enviado el Espíritu Santo, quien les aclaró todo: desde ese momento, los discípulos comenzaron a “vivir” lo que Jesús les había pedido: “Como el Padre me mandó, ahora yo los envío a ustedes, vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a todas las criaturas…”.

Este Tiempo Pascual es tiempo para aprovechar con la oración, con la Lectura de la Palabra de Dios, con una participación más comunitaria de la Misa, conscientes de que el culto tiene que estar unido a la vida diaria.

jueves, 25 de mayo de 2017

EL ESPIRITU SANTO ¿PARA QUÉ?



“Para que seamos “Discípulos y misioneros de Jesucristo
para  que nuestros pueblos en Él tengan vida” (Jn. 14,6)

HE AQUÍ EL DESAFIO REAL Y ESENCIAL  (Aparecida, 386)

La Iglesia tiene, como misión propia y específica, comunicar la vida de Jesucristo a todas las personas, anunciando la Palabra, administrando los Sacramentos y practicando la caridad. Es oportuno recordar que el amor se muestra en las obras más que en las palabras, y esto vale también para nuestras palabras en esta V Conferencia: “No todo el que diga: Señor, Señor…” (cf. Mt 7,21). Los discípulos misioneros de Jesucristo tenemos la tarea prioritaria de dar testimonio del amor a Dios y al prójimo con obras concretas. Decía san Alberto Hurtado: “En nuestras obras, nuestro pueblo sabe que comprendemos su dolor”.

Todos los demás desafíos tienen en éste el plafón sobre el que apoyarse y crecer. La misión de los cristianos (discípulos misioneros) es comunicar, anunciar, transmitir la vida de Jesucristo. Un anuncio o misión que se realiza con el testimonio de la vida personal y comunitaria y teniendo presente estos tres momentos inseparables:
1.      anuncio de la Palabra (en todas sus formas y métodos) por medio de la comunicación de los valores que encontramos en el Evangelio.
2.      administrando los sacramentos. Estos son los signos privilegiados que van jalonando y enriqueciendo la vida cristiana desde el comienzo hasta el fin. Especialmente el Sacramento de la Eucaristía (no confundir con solo la comunión sacramental) que es el “memorial de la muerte y resurrección de Cristo”  y que implica antes que nada la “comunión eclesial” de los creyentes.
3.      practicando la caridad. Apertura, disponibilidad, amor fraterno, perdón, atención a los necesitados, etc.


Estos tres momentos son como un trípode. Una mesa no se mantiene parada con dos patas, necesita por lo menos tres. Así la vida cristiana, no se construye con una o dos patas (no importa el orden), sino que necesita de los tres momentos.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Fiestas Patronales


ESPERAMOS LA PROMESA DE JESUS: EL ESPÍRITU SANTO


Queridas familias:
Hace pocos días hemos celebrado la Pascua y la Fiesta de San Jorge y ahora la vida sigue su curso y para muchos es como si nada hubiese pasado. Entonces a nosotros: ¿qué nos dejó la Pascua?, ¿significó algo el haber celebrado a nuestro Patrono? Pues es necesario distinguir bien que para los cristianos son necesarias motivaciones válidas que dan sentido a nuestras vidas, y que no siempre, en nuestra condición de seres humanos, son las de índole cultural las que nos llevan a edificar con fe y esperanza una nueva creación tal como ha querido proponernos, en primer lugar y sobre todas las cosas, la Pascua y, además, San Jorge.
El hecho de que se comprenda y viva con autenticidad o no la relación entre “justicia y culto” es una realidad de siempre. Ya estaba presente en el mismo Antiguo Testamento y en la época de Jesús. La propuesta de Dios en el A.T. era un culto que tuviera presente la justicia, es decir, la relación fraterna con los demás y nunca solamente la relación con Él (recordar todo lo que Yahvéh había realizado con el Pueblo, especialmente el haberlos liberado de la esclavitud egipcia). De hecho, en los Salmos y Profetas, por citar un ejemplo, encontramos esta frase: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Podemos confrontarnos con los profetas Amós, Oseas, etc., y con aquellos hombres y mujeres para los cuales la tentación era siempre la misma: “cortarse solos” y olvidarse de los demás y pensar que con el “culto” ya “se metían a Dios en el bolsillo”. Lo mismo pasó en la época de Jesús: recordemos su gesto echando a los vendedores del Templo o dando el mandamiento nuevo que juntaba el “Amar a Dios sobre todas las cosas” (que pertenecía a la antigua ley) con “…y al prójimo como a ti mismo” (la novedad que nos trae Jesús), pues en esto consiste en verdad la Ley y la función de los profetas. De modo que la Alianza de Yahvéh se rompe siempre cuando se olvida este aspecto central. Y así como se rompió antes, la alianza con Dios también se rompe hoy.
Por todo esto (para que se cumpla la relación auténtica entre “justicia y culto”), resulta que la Pascua, cada año, nos vuelve a renovar la Alianza entre la Propuesta de Dios en Jesús y nuestro compromiso (promesas bautismales) de vivirlas. Solo así el culto, querido por el mismo Dios, es agradable al Padre, es salvador, es renovador y construye el Reino de Dios, ya que justicia (con los demás) y culto van inseparablemente unidos.
Recordemos: “si cuando vas a presentar tu ofrenda a Dios (culto), te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti (justicia), deja tu ofrenda sobre el altar, ve a reconciliarte con tu hermano y vuelve a presentar tu ofrenda”. También siempre recordemos que “hermano” es todo hombre con el que me relaciono y no sólo mis afectos. La tentación del fruto apetitoso está siempre latente en el corazón del hombre: la de separar la vida del culto y, también, la de separar la fe de la vida (“separar es igual a diabólico”).
Finalmente, la Pascua celebrada es una invitación a “que nuestra justicia sea superior a la de los escribas y fariseos de hoy”. Si tenemos humildad de corazón, el Espíritu Santo nos hará comprender toda la verdad de nosotros mismos y de la vida.

Que Dios “diga bien de nosotros” porque vamos a lo importante y porque no nos quedamos flotando en la superficie.