lunes, 14 de diciembre de 2015

FAMILIA Y PARROQUIA

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Quisiera hoy detener nuestra atención en el vínculo entre la familia y la comunidad cristiana. Es un vínculo, por así decir, “natural”, porque la Iglesia es una familia espiritual y la familia es una pequeña Iglesia.
La Comunidad cristiana es la casa de aquellos que creen en Jesús como la fuente de la fraternidad entre todos los hombres. La Iglesia camina en medio de los pueblos, en la historia de los hombres y de las mujeres, de los padres y de las madres, de los hijos y de las hijas: esta es la historia que cuenta para el Señor. Los grandes acontecimientos de las potencias mundanas se escriben en los libros de historia, y permanecen allí. Pero la historia de los afectos humanos se escribe directamente en el corazón de Dios; y es la historia que permanece eternamente. Es este el lugar de la vida y de la fe. La familia es el lugar de nuestra iniciación --insustituible, indeleble-- en esta historia. En esta historia de vida plena que terminará en la contemplación de Dios para toda la eternidad en el cielo, pero comienza en la familia y por eso, es tan importante la familia.
El Hijo de Dios aprendió la historia humana por esta vía, y la recorre hasta el final. ¡Es hermoso volver a contemplar a Jesús y los signos de este vínculo! Él nació en una familia y allí “aprendió el mundo”: un taller, cuatro casas, un pueblo. Y sin embargo, viviendo durante treinta años esta experiencia, Jesús asimiló la condición humana, acogiéndola en su comunión con el Padre y en su misma misión apostólica. Después, cuando dejó Nazaret y comenzó la vida pública, Jesús formó en torno a él una comunidad, una “asamblea”, es decir una con-vocación de personas. Este es el significado de la palabra “iglesia”.
En los Evangelios, la asamblea de Jesús tiene la forma de una familia y de una familia acogedora, no de una secta exclusiva, cerrada: nos encontramos con Pedro y Juan, pero también al hambriento y al sediento, al extranjero y al perseguido, a la pecadora y al publicano, a los fariseos y a la multitud. Y Jesús no cesa de acoger y de hablar con todos, también con el que ya no espera encontrar a Dios en su vida. ¡Es una gran lección para la Iglesia! Los discípulos mismos han sido elegidos para cuidar de esta asamblea, de esta familia de huéspedes de Dios. Para que esté viva hoy esta realidad de la asamblea de Jesús, es indispensable reavivar la alianza entre la familia y la comunidad cristiana. Podríamos decir que la familia y la parroquia son dos lugares en donde se realiza esta comunión de amor que encuentra su fuente última en Dios mismo. Una Iglesia de verdad según el Evangelio no puede no tener la forma de una casa acogedora. Con las puertas abiertas siempre. Las iglesias, las parroquias, las instituciones con las puertas cerradas no se deben llamar iglesias, se deben llamar museos.
Hoy, esta es una alianza crucial.  “En contra de los 'centros de poder' ideológicos, financieros y políticos, volvemos a poner nuestras esperanzas no en estos centros de poder, sino en los centros del amor. Nuestra esperanza está en estos centros del amor. Centros evangelizadores, ricos de calor humano, basados en la solidaridad y la participación”, y también en el perdón entre nosotros.
Reforzar el vínculo entre la familia y la comunidad cristiana es hoy indispensable y urgente. Por supuesto, se necesita una fe generosa para encontrar la inteligencia y la valentía para renovar esta alianza. Las familias a veces dan un paso atrás, diciendo que no están a la altura: 'Padre, somos una pobre familia y también un poco destartalada', 'no somos capaces', 'tenemos ya tantos problemas en casa', 'no tenemos la fuerza'. Es verdad. Pero ninguno es digno, ninguno está a la altura, ¡ninguno tiene las fuerzas! Sin la gracia de Dios, no podremos hacer nada. Todo nos es dado gratuitamente. Y el Señor no llega nunca a una nueva familia sin hacer algún milagro. ¡Recordemos lo que hizo en las bodas de Caná! Sí, el Señor, si nos ponemos en sus manos, nos hace hacer milagros. Milagros de todos los días cuando está el Señor en esa familia.
Naturalmente, también la comunidad cristiana debe hacer su parte. Por ejemplo, tratar de superar actitudes demasiado directivas y demasiado funcionales, favoreciendo el diálogo interpersonal y el conocimiento y la estima recíproca. Las familias tomen la iniciativa y sientan la responsabilidad de llevar los propios dones preciosos para la comunidad. Todos debemos ser conscientes de que la fe cristiana se juega en el campo abierto de la vida compartida con todos, la familia y la parroquia deben cumplir el milagro de una vida más comunitaria para toda la sociedad.
En Caná, estaba la Madre de Jesús, la “madre del buen consejo”. Escuchemos nosotros también sus palabras: 'Hagan todo lo que él les diga'. Queridas familias, queridas comunidades parroquiales, dejémonos inspirar por esta Madre, hagamos todo lo que Jesús nos diga, y nos encontraremos ante el milagro, el milagro de cada día. Gracias.



viernes, 11 de diciembre de 2015

Audiencia del Papa Francisco

Ciudad del Vaticano, 21 de octubre de 2015 (ZENIT.org)
El papa Francisco dedicó la catequesis de este miércoles a”. En su reflexión semanal, el Pontífice destacó que “la fidelidad a las promesas es una verdadera obra maestra de la humanidad”. Por ello, dijo que “es necesario restituir el honor social a la fidelidad del amor” (leer la crónica).
A continuación publicamos las palabras del Santo Padre en la audiencia general:
“LA PROMESA DE AMOR Y DE FIDELIDAD QUE EL HOMBRE Y LA MUJER SE HACEN EL UNO AL OTRO”
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la pasada meditación hemos reflexionado sobre las promesas importantes que los padres hacen a los niños, desde que ellos han sido pensados en el amor y concebidos en el vientre.
Podemos añadir que, mirándolo bien, toda la realidad familiar está fundada en la promesa: pensar bien esto, la identidad familiar está fundada en la promesa. Se puede decir que la familia vive de la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen el uno al otro. Esta conlleva el compromiso de acoger y educar a los hijos; pero se lleva a cabo también en el cuidar a los padres ancianos, en el proteger y asistir a los miembros más débiles de la familia, en el ayudarse unos a otros para realizar las propias cualidades y aceptar los propios límites.
Y la promesa conyugal se extiende para compartir las alegrías y los sufrimientos de todos los padres, las madres y los niños, con generosa apertura en lo relacionado con la convivencia humana y el bien común. Una familia que se cierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la ha hecho nacer y la hace vivir. No olvidar nunca la identidad de la familia siempre es una promesa que se extiende y extiende a toda la familia y también a toda la humanidad.
En nuestros días, el honor de la fidelidad a la promesa de la vida familiar se presenta muy debilitada. Por una parte, por una malentendido derecho de buscar la propia satisfacción, a toda costa y en cualquier relación, se exalta como un principio no negociable de la libertad. Por otro lado, porque se fían exclusivamente de las constricciones de la ley los vínculos de la vida de relación y del compromiso por el bien común. Pero, en realidad, nadie quiere ser amado solo por los propios bienes o por obligación. El amor, como también la amistad, deben su fuerza y su belleza precisamente a este hecho: que generan una unión sin quitar la libertad. El amor es libre, la promesa de la familia es libre. Y esta es la belleza. Sin la libertad no hay amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio. Por tanto, libertad y fidelidad no se oponen la una a la otra, es más, se sostienen la una a la otra, tanto en las relaciones personales, como en las sociales. De hecho, pensemos en los daños que producen, en la civilización de la comunicación global, la inflación de promesas mantenidas, en varios campos y la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos tomados.
Sí, queridos hermanos y hermanas, la fidelidad es una promesa de compromiso que se auto-cumple, creciendo en la libre obediencia a la palabra dada. La fidelidad es una confianza que “quiere” ser realmente compartida, y una esperanza que “quiere” ser cultivada junta. Y hablando de fidelidad me viene a la mente lo que nuestros ancianos , nuestros abuelos cuentan ‘esos tiempos cuando se hacía un acuerdo, un apretón de manos era suficiente, porque había fidelidad a las promesas’. Y esto que es un hecho social también tiene su origen en la familia, en el apretón de manos del hombre y la mujer para ir adelante juntos toda la vida. ¡La fidelidad a las promesas es una verdadera obra maestra de la humanidad! Si miramos a su belleza audaz, estamos asustados, pero si despreciamos su valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor --ninguna amistad, ninguna forma de querer, ninguna felicidad del bien común-- alcanza a la altura de nuestro deseo y de  nuestra esperanza, si no llega a habitar este milagro del alma. Y digo “milagro”, porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no termina de encantarnos y de sorprendernos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar y vender. No se pueden obligar con la fuerza, pero tampoco cuidar sin sacrificio.
Ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si la familia no lo hace. Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si la unión personal entre amor y generación no la escribe en nuestra carne.
Hermanos y hermanas, es necesario restituir el honor social a la fidelidad del amor, restituir honor social a la fidelidad del amor. Es necesario restar clandestinidad al milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar, del cuál vive cada sociedad, sin estar en grado de garantizarlo de ninguna manera. No es casualidad, este principio de fidelidad a la promesa del amor y de la generación está escrito en la creación de Dios como una bendición perenne, a la cual está confiada el mundo.
Si san Pablo puede afirmar que en la unión familiar está misteriosamente revelada una verdad decisiva también para la unión del Señor y de la Iglesia, quiere decir que la Iglesia misma encuentra aquí una bendición para cuidar y de la cual siempre se aprende, antes aún de enseñarla. Nuestra fidelidad a la promesa está siempre confiada a la gracia y la misericordia de Dios. El amor por la familia humana, en la buena y en la mala suerte, ¡es un punto de honor para la Iglesia! Dios nos conceda estar a la altura de esta promesa.
Y rezamos por los Padres del Sínodo: el Señor bendiga su trabajo, desempeñado con fidelidad creativa, en la confianza que Él el primero, el Señor, es fiel a sus promesas. Gracias


El Sentido de la puerta Santa


VATICANO, 18 Nov. 15 / 04:53 am (ACI)
.- El Papa Francisco dedicó la Audiencia General de este miércoles a reflexionar sobre el sentido de la puerta santa.
"La puerta es generosamente abierta, pero nosotros debemos valerosamente cruzar el umbral", reflexionó. Además indicó que "la puerta no debe ser forzada, al contrario, se pide permiso, porque la hospitalidad resplandece en la libertad de la acogida".
A continuación el texto completo gracias a Radio Vaticana:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Con esta reflexión hemos llegado a umbral del Jubileo. Delante de nosotros se encuentra la gran puerta de la Misericordia de Dios, que acoge nuestro arrepentimiento ofreciendo la gracia de su perdón. La puerta es generosamente abierta, pero nosotros debemos valerosamente cruzar el umbral.
Del Sínodo de los Obispos, que hemos celebrado el pasado mes de octubre, todas las familias, y la Iglesia entera, han recibido un gran aliento para encontrarse bajo el umbral de esta puerta. La Iglesia ha sido animada a abrir sus puertas, para salir con el Señor al encuentro de sus hijos y de sus hijas en camino, a veces inciertos, a veces perdidos, en estos tiempos difíciles. Las familias cristianas, en particular, han sido animadas a abrir la puerta al Señor que espera para entrar, trayendo su bendición y su amistad.
El Señor no fuerza jamás la puerta: Él también pide permiso para entrar, como dice el Libro del Apocalipsis: «Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (3,20). Y en la última gran visión de este Libro, así se profetiza de la Ciudad de Dios: «Sus puertas no se cerrarán durante el día», lo que significa para siempre, porque «no existirá la noche en ella» (21,25). Existen lugares en el mundo en los cuales no se cierran las puertas con llave. Pero existen tantos otros donde las puertas blindadas se han convertido en normales. Esto no nos sorprende; pero, pensándolo bien, ¡es un signo negativo! No debemos rendirnos a la idea de tener que aplicar este sistema en toda nuestra vida, en la vida de la familia, de la ciudad, de la sociedad. Y mucho menos en la vida de la Iglesia. ¡Sería terrible! Una Iglesia inhóspita, así como una familia cerrada en sí misma, mortifica el Evangelio y marchita el mundo.
La gestión simbólica de las “puertas” – de los umbrales, de los caminos, de las fronteras – se ha hecho crucial. La puerta debe proteger, cierto, pero rechazar. La puerta no debe ser forzada, al contrario, se pide permiso, porque la hospitalidad resplandece en la libertad de la acogida, y se oscurece en la prepotencia de la invasión. La puerta se abre frecuentemente, para ver si afuera esta alguno que espera, y tal vez no tiene la valentía, o ni siquiera la fuerza de tocar. La puerta dice muchas cosas de la casa, y también de la Iglesia. La gestión de la puerta necesita un atento discernimiento y, al mismo tiempo, debe inspirar gran confianza. Quisiera expresar una palabra de agradecimiento para todos los vigilantes de las puertas: de nuestros condominios, de las instituciones cívicas, de las mismas iglesias. Muchas veces la sagacidad y la gentileza de la recepción son capaces de ofrecer una imagen de humanidad y de acogida de la entera casa, ya desde el ingreso. ¡Hay que aprender de estos hombres y mujeres, que son los guardines de los lugares de encuentro y de acogida de ciudad del hombre!
En verdad, sabemos bien que nosotros mismos somos los custodios y los siervos de la Puerta de Dios, que es Jesús. Él nos ilumina en todas las puertas de la vida, incluso aquella de nuestro nacimiento y de nuestra muerte. Él mismo ha afirmado: «Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir, y encontrará su alimento» (Jn 10,9). Jesús es la puerta que nos hace entrar y salir. ¡Porque el rebaño de Dios es un amparo, no una prisión! Son los ladrones, aquellos que tratan de evitar la puerta, porque tienen malas intenciones, y se meten en el rebaño para engañar a las ovejas y aprovecharse de ellas. Nosotros debemos pasar por la puerta y escuchar la voz de Jesús: si sentimos su tono de voz, estamos seguros, somos salvados. Podemos entrar sin temor y salir sin peligro. En este hermoso discurso de Jesús, se habla también del guardián, que tiene la tarea de abrir al buen Pastor (Cfr. Jn 10,2). Si el guardián escucha la voz del Pastor, entonces abre, y hace entrar a todas las ovejas que el Pastor trae, todas, incluso aquellas perdidas en el bosque, que el buen Pastor ha ido a buscarlas. Las ovejas no los elige el guardián, sino el buen Pastor. El guardián – también él – obedece a la voz del Pastor. Entonces, podemos bien decir que nosotros debemos ser como este guardián. La Iglesia es la portera de la casa del Señor, no la dueña.
La Sagrada Familia de Nazaret sabe bien qué cosa significa una puerta abierta o cerrada, para quien espera un hijo, para quien no tiene amparo, para quien huye del peligro. Las familias cristianas hagan del umbral de sus casas un pequeño gran signo de la Puerta de la misericordia y de la acogida de Dios. Es así que la Iglesia deberá ser reconocida, en cada rincón de la tierra: como la custodia de un Dios que toca, como la acogida de un Dios que no te cierra la puerta, con la excusa que no eres de casa.


viernes, 4 de diciembre de 2015

PARA RECORDAR


EN DICIEMBRE

- DIA 7: JORNADA DE LIMPIEZA

La Parroquia es la casa de todos y todos tenemos que tratar de mantenerla limpia y arreglada.. Aunque se podría hacer, No todo se hace con dinero, pagando. Ofrecer algo del propio tiempo, encontrarnos para una tarea común, ayuda a fomentar las relaciones, a pasar un momento divertido y fructífero: así preparamos “el Pesebre” de nuestra familia cristiana. ¡Manos a la obra! Y, ya que  venimos descansados y seguiremos descansando después, qué mejor que compartir un asado a la canasta al mediodía; cada familia trae lo que desee y algún voluntario se encargará de prepararlo en la parrilla. De esta manera, se comparte todo. Esta es una propuesta abierta a todos, no excluye a nadie. 

DIA 8: FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

         
 Misa a las 18 hs. en la Capilla
 Misa a las 19 hs.  en el Templo Parroquial
           
Comienza el AÑO DE LA MISERICORDIA



DIA 13: APERTURA DE LA PUERTA SANTA EN LA PARROQUIA SAGRADO CORAZÓN DE JESUS

     Estamos todos invitados. Con la presencia del Obispo se abrirá la Puerta Santa a las 19 hs.



DIA 18: CELEBRACIÓN PENITENCIAL
            En la Parroquia a las 20 hs.




           DIA 19: PESEBRE VIVIENTE
                          EN LA CAPILLA ESPÍRITU SANTO
           Comienza como procesión a las 19 hs.
            La Misa en la Parroquia será a las 18 hs.











A LOS AVISADORES

Al finalizar el año agradecemos de todo corazón y en nombre de la Comunidad Parroquial a todos los AVISADORES de este Boletín Parroquial. Ellos hacen posible que noticias y mensajes evangélicos lleguen a muchos hogares con el fin de estar “comunicados” buscando crecer juntos en la construcción del Reino que es un mundo, el soñado por Dios, un poco distinto al actual.
Por eso MUCHAS GRACIAS, esperando que continúen colaborando como  hasta ahora.


Y quienes reciben este Boletín y necesiten de algún servicio que brindan los avisadores, no duden en dirigirse a ellos. Es una manera de agradecer…

miércoles, 2 de diciembre de 2015

LA FIESTA DE LA NAVIDAD




La Fiesta de Navidad nació después de muchos años. Lo que se celebraba como eje central de la vida de la Iglesia o Comunidad Cristiana, lo que llamaríamos hoy “el corazón de la fe cristiana”, era la Pascua. Con el correr de los años, se fue haciendo necesario dar motivos o razón de la Pascua y así se fueron reconociendo  diversos momentos de la vida de Jesús, el Mesías, el Salvador; entre ellos, el de su nacimiento. Uno de los grandes “misterios” de la vida de Jesús es precisamente este, la Navidad, pues, por ser Jesús el “Hombre”, sucedió en un momento de la historia. Pero, ¿cuándo ubicar este acontecimiento?
En ese momento de invasión y cultura romana, el “dios sol” era, por su significado, el centro del culto para el imperio: ilumina, da calor, es el eje alrededor del cual gira todo (los planetas, las estaciones, etc.).
Qué mejor que sustituir esa centralidad pagana (solo natural) por la del Hijo de Dios: Luz que viene a iluminar todo con nueva luz, que viene a traernos una Buena Noticia, que transmite el calor del Amor de Dios. Así se fue cambiando la fiesta del “dios sol” por el Nacimiento de Hijo de Dios, convirtiéndose en una fiesta religiosa, de fe, y diferenciándose del rito pagano. Por lo tanto, la fiesta de Navidad, celebrada el 25, no es histórica ya que no se puede determinar la fecha del nacimiento: es una Fiesta teológica.
Por todo esto, nosotros, los cristianos, la podemos celebrar con gran alegría ya que nos recuerda que Dios nunca nos abandona. Su cercanía se manifiesta con la presencia de su Hijo desde ese momento histórico hasta el final de nuestros días. Es eso y solo eso el centro de la Navidad; todo lo demás puede tener sentido solamente si Jesús es el centro de la celebración.

¿Están todos de acuerdo con esta visión? ¡Evidentemente no! Existe una lucha por volver a hacerla pagana, sin Dios, y por convertirla en un mero momento de diversión y de pasarla bien; un acontecimiento donde otros personaje ocupan el lugar de Cristo; donde lo importante son los regalos que nos intercambiamos haciendo que la economía de los negocios en esos días se recuperen un poco más. Regalos que duran lo que duran… Una lucha a la que todos estamos expuestos para no perder la centralidad de nuestra fe.

martes, 1 de diciembre de 2015

COMENZAR UN NUEVO AÑO CON ESPERANZA, MISERICORDIA Y GANAS DE TRABAJAR



Queridas familias:
Todo fin es también un comienzo: terminamos una etapa y comenzamos otra. Nuestra vida es cíclica y tendría que ser un proceso de crecimiento en humanidad; por eso es bueno comenzarla con criterios y valores claros y seguros, que nos marquen una ruta. No son criterios “de moda” y tampoco solamente “terrenales” ya que nosotros no somos solamente materia y, como nos decía el Concilio Vaticano II, “en nosotros está la semilla de la inmortalidad”.
La fe cristiana nos da esos criterios pero está en nosotros “creer” (aceptarlos, comprometernos con ellos, vivirlos y hacerlos parte de nuestra vida). Por lo tanto, propongámonos con compromiso a  participar activamente en estos acontecimientos:
- La Fiesta de la Inmaculada Concepción: el proyecto de Dios de ofrecer la salvación a los hombres incluye a María, como Madre del Hijo de Dios. Ella siempre debe estar presente: es nuestra madre, con todo lo que ello conlleva
- La Navidad: el Hijo de Dios se hace hombre para compartir la vida con nosotros, Él es Dios. Pasó su vida realizando gestos de liberación y de misericordia, anunciando “la Soberanía de Dios”, poder misericordioso frente a nuestras miserias. Jesús es el centro de nuestra vida, en Él creemos y por eso decimos en la Misa: “por Cristo, con Cristo y en Cristo”. Sin Navidad no hay salvación, de modo que la Navidad es, antes que nada, la Fiesta de Jesús, la renovación de nuestra adhesión a Él. Tratemos de no desvirtuarla con criterios consumistas y de fiestas paganas. Jesús nos hace Familia y en este acontecimiento nos “reúne”.
- El Año de la Misericordia: es una propuesta esencial de Francisco, que tiene como objetivo “restaurar la Iglesia” a partir de lo que Dios es y actúa. Consiste en conocer la naturaleza de Dios, puro amor, y solo a partir de esa experiencia, poder actuar como seguidores de Jesús. Jesús nos invitará nuevamente a todos a la “conversión”, a tomarlo en serio para que lo conozcamos mejor y lo experimentemos presente en nuestras vidas. Nos anunciará siempre el evangelio de la misericordia a la que responderemos con generosidad, abriendo el corazón y dejando que el Espíritu Santo nos renueve (nos haga nuevos).
Que el año que comenzaremos no nos haga perder la esperanza sino que nos entusiasme para que sea un poco mejor que el que dejamos atrás.
     Que el Niño Jesús nos bendiga y pueda crecer dentro de cada uno.


jueves, 22 de octubre de 2015

Para la información sobre lo que noticieros y noticias varias publican.

Declaración del Director de la Oficina de Prensa
Ciudad del Vaticano, 21 de octubre de 2015 (Vis).-El director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Padre Federico Lombardi SJ, ha declarado esta mañana cuanto sigue:
''La difusión de noticias totalmente infundadas sobre la salud del Santo Padre por parte de un medio de prensa italiano es gravemente irresponsable y no merece atención. Además, como todos pueden ver, el Papa desarrolla como siempre su intensa actividad sin interrupción y con la más absoluta normalidad''.
Posteriormente, el Padre Lombardi, durante un briefing informativo sobre el Sínodo, añadió al respecto:
''Confirmo completamente el desmentido efectuado. Lo confirmo después de haberlo verificado con las fuentes oportunas, incluido el Santo Padre.
Ningún médico japonés ha venido al Vaticano para visitar al Papa, ni se han efectuado análisis como los indicados en el artículo
Los departamentos competentes me han confirmado que tampoco ha habido vuelos de helicópteros que hayan llegado al Vaticano procedentes del exterior en el mes de enero.
Puedo confirmar que el Papa disfruta de buena salud.
Reitero que lo publicado constituye un acto de grave irresponsabilidad, absolutamente injustificable e incalificable. Y también es injustificable seguir alimentando similares informaciones infundadas. Por lo tanto se espera que este caso se cierre inmediatamente''

lunes, 12 de octubre de 2015

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

  
- LA ENFERMEDAD

     El día 5 de noviembre celebramos la Jornada Nacional del Enfermo. La Iglesia quiere que nos detengamos unos instantes para reflexionar sobre la enfermedad, sobre esta limitación de la naturaleza humana. Y para mirarla desde la fe o, por lo menos, para tomarla en consideración así como lo hizo Jesús, “quien asumió en todo nuestra naturaleza humana, menos el pecado”.
     Jesús tuvo una preocupación para con todos, pero le dedicó también un tiempo especial a los enfermos de todas las condiciones; así lo relata el Evangelio. No obstante, debemos discernir que Jesús no curó milagrosamente a todos los enfermos de Israel. Los Evangelios nos presentan algunas curaciones, resurrecciones, para afirmarnos que Él vino para sanar la interioridad el hombre, para desterrar la causa de todos los males y para vencer la muerte con su resurrección. La enfermedad será nuestra compañera de viaje hasta el último día, pero, así como a Él lo ayudaron a llevar la cruz, ahora será Jesús quien nos ayude a nosotros a llevar la propia, incluida la de la enfermedad (el deterioro del aspecto humano, material, de la vida). Solo después de la muerte entraremos en la resurrección (del cuerpo) donde no habrá ya ningún tipo de enfermedad y muerte.


- ORIGEN  Y EFECTOS DE ESTE SACRAMENTO


 
 ¿Cómo nos acompaña Jesús a llevar la cruz?: ¡por el Sacramento de la Unción de los Enfermos! Dice la Palabra de Dios en Santiago:  “si está enfermo alguno de ustedes, llamen a los sacerdotes de la Iglesia para que oren sobre él y lo unjan con el óleo en el nombre del Señor, la oración de la fe salvará al enfermo, los pecados que hubiere cometido le serán perdonados y encontrará alivio y salvación”. La fórmula de este Sacramento dice: “Por esta Santa Unción y por su bondadosa misericordia, te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Amén.  Para que libre de tus pecados te conceda la salvación y te conforten en la enfermedad. Amén.”
     En el primer texto de la Palabra de Dios encontramos los tres efectos del Sacramento: “la salvación”, “los pecados son perdonados”, “comunica alivio y salvación”.
     En la fórmula se expresa la ayuda de Jesús por la acción inmediata del Espíritu Santo en la situación que se vive y por la comunicación de su gracia (su vida), junto de la posibilidad (para nosotros) de vivir la perfecta comunión con Él y con los demás (asociándonos a Jesús en su “entrega” en la cruz en beneficio de todos los hombres).
     La “unción” es un signo y lo importante es lo que el signo comunica, no el gesto en sí que simplemente actúa como “vehículo” de lo que Dios nos regala.


- QUIÉNES RECIBEN EL SACRAMENTO

     Este Sacramento lo reciben los enfermos de una cierta gravedad que deseen, libre y conscientemente, ser acompañados por Jesús o porque desean unirse a Cristo sufriente, como dice S. Pablo, para “completar en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo”.
     De esta manera, en aquellos que se preparan para una operación de cierta importancia, los ancianos (de más de 70 años) que se van sintiendo débiles en su cuerpo, Jesús “ayuda”, “perdona”, “concede la salvación” y “conforta en la enfermedad” mediante este sacramento.
     Para que un sacramento sea eficaz, salvo en situaciones que no podemos ser conscientes de esto, hace falta que quien lo recibe sepa de qué se trata y abra su corazón para recibir el don de Dios. Por eso es importante saber, por no ser éste un rito mágico, que Dios siempre actúa sin condicionamientos y sin ataduras; no se estructura, contribuye a hacer las cosas como Él manda.

     Los sacramentos son confiados por Jesús a la Iglesia (comunidad de creyentes) y para la Iglesia (para los creyentes). Ella los administra. No son bienes individuales, les pertenecen a todos. Por eso normalmente se comunican en el lugar “común” o casa de todos que es el templo, aunque siempre habrá excepciones por evidentes razones. Por todo esto, al celebrarse la Jornada Nacional del Enfermo el día 7 de noviembre, la Parroquia ofrece esta oportunidad a todos los que se sientan “enfermos”, y así juntos celebrar esta presencia de Jesús, siendo capaces de rezar los unos por los otros.


     La ceremonia se hará a las 17:30 hs. seguidamente, celebraremos este acontecimiento con un té en el salón de la Parroquia.

jueves, 8 de octubre de 2015

Catequesis del Santo Padre sobre la familia en la audiencia general del miércoles 7 de octubre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.
Hace pocos días comenzó el Sínodo de los Obispos sobre el tema “La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo”. La familia que camina en la vía del Señor es fundamental en el testimonio del amor de Dios y merece por ello la dedicación de la que la Iglesia es capaz. El Sínodo está llamado a interpretar, hoy, esta solicitud y esta atención de la Iglesia. Acompañemos todo el recorrido sinodal sobre todo con nuestra oración y nuestra atención. Y en este período las catequesis serán reflexiones inspiradas por algunos aspectos de la relación --que podemos decir indisoluble-- entre la Iglesia y la familia, con el horizonte abierto para el bien de la entera comunidad humana.
Una mirada atenta a la vida cotidiana de los hombres y de las mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que hay por todos lados de una robusta inyección de espíritu familiar. De hecho, el estilo de las relaciones --civiles, económicas, jurídicas, profesionales, de ciudadanía-- aparece muy racional, formal, organizado, pero también muy “deshidratado”, árido, anónimo. A veces se hace insoportable.  Aun queriendo ser inclusivo en sus formas, en la realidad abandona a la soledad y al descarte un número cada vez mayor de personas. Por esto, la familia abre para toda la sociedad una perspectiva más humana: abre los ojos de los hijos sobre la vida - y no solo la mirada, sino también todos los demás sentidos - representando una visión de la relación humana edificada sobre la libre alianza de amor. La familia introduce a la necesidad de las uniones de fidelidad, sinceridad, confianza, cooperación, respeto; anima a proyectar un mundo habitable y a creer en las relaciones de confianza, también en condiciones difíciles; enseña a honrar la palabra dada, el respeto a las personas, el compartir los límites personales y de los demás. Y todos somos conscientes de lo insustituible de la atención familiar por los miembros más pequeños, más vulnerables, más heridos, e incluso los más desastrosos en las conductas de su vida. En la sociedad, quien practica estas actitudes, las ha asimilado del espíritu familiar, no de la competición y del deseo de autorrealización.
Pues bien, aun sabiendo todo esto, no se da a la familia el peso debido --y reconocimiento, y apoyo-- en la organización política y económica de la sociedad contemporánea. Quisiera decir más: la familia no solo no tiene reconocimiento adecuado, ¡sino que no genera más aprendizaje! A veces nos vendría decir que, con toda su ciencia y su técnica, la sociedad moderna no es capaz todavía de traducir estos conocimientos en formas mejores de convivencia civil. No solo la organización de la vida común se estanca cada vez más en una burocracia del todo extraña a las uniones humanas fundamentales, sino, incluso, las costumbres sociales y políticas muestran a menudo signos de degradación --agresividad, vulgaridad, desprecio…--, que están por debajo del umbral de una educación familiar también mínimo. En tal situación, los extremos opuestos de este embrutecimiento de las relaciones --es decir el embotamiento tecnocrático y el familismo amoral-- se conjugan y se alimentan el uno al otro. Es una paradoja.
La Iglesia individua hoy, en este punto exacto, el sentido histórico de su misión sobre la familia y del auténtico espíritu familiar: comenzando por una atenta revisión de la vida, que se refiere a sí misma. Se podría decir que el “espíritu familiar” es una carta constitucional para la Iglesia: así el cristianismo debe aparecer, y así debe ser. Está escrito en letras claras: “Vosotros que un tiempo estabais lejos – dice san Pablo – […] ya no sois extranjeros ni huéspedes, sino conciudadanos de los santos y familia de Dios” (Ef 2,19). La Iglesia es y debe ser la familia de Dios.
Jesús, cuando llamó a Pedro para seguirlo, le dijo que le haría “pescador de hombres”; y por esto es necesario un nuevo tipo de redes. Podríamos decir que hoy las familias son una de las redes más importantes para la misión de Pedro y de la Iglesia. ¡Esta no es una red que hace prisioneros! Al contrario, libera de las malas aguas del abandono y de la indiferencia, que ahogan a muchos seres humanos en el mar de la soledad y de la indiferencia. La familia sabe bien qué es la dignidad de sentirse hijos y no esclavos, o extranjeros, o solo un número de carné de identidad.
Desde aquí, desde la familia, Jesús comienza de nuevo su paso entre los seres humanos para persuadirlos que Dios no les ha olvidado. De aquí, Pedro toma fuerzas para su ministerio. De aquí la Iglesia, obedeciendo a la palabra del Maestro, sale a pescar al lago, segura que, si esto sucede, la pesca será milagrosa. Pueda el entusiasmo de los Padres sinodales, animados por el Espíritu Santo, fomentar el impulso de una Iglesia que abandona las viejas redes y vuelve a pescar confiando en la palabra de su Señor. ¡Recemos intensamente por esto! Cristo, por lo demás, ha prometido y nos confirma: si incluso los malos padres no rechazan dar pan a los hijos hambrientos, ¡Imaginémonos si Dios no dará el Espíritu a los que – aun imperfectos como son – lo piden con apasionada insistencia (cfr Lc 11,9-13)!